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(atadijos sin fraude) -equilibrios inefables-

domingo, 16 de octubre de 2016

Hermosas obras



Leo en el blog, muy interesante,  Tocho T8 un pequeño e intenso artículo sobre los refugios de tela tejida de la joven arquitecta libanesa Abeer Seikaly, abrigos, refugios, vientres cupuliformes para refugiados, personas expulsadas por la sinrazón que sea de su tierra y sus casas, gentes sin abrigo con sus raíces cortadas.

Me emociona la belleza de las construcciones en sí, que parecen de muy rápido montaje y habitabilidad.Su continuo tejido. La belleza del sistema de pliegues que se muestra en el enlace a la web de la arquitecta.

Me emociona más saber cuál es su objeto, su para qué, su enorme utilidad.

Habla Tocho de la labor de las mujeres en mundos tradicionales como el libanés: proteger, crear abrigo y casa -familia, tejer, crear un abrigo personal que parece que siempre ha estado allí.

Es la labor callada de tantas mujeres en el mundo, hacer cosas que parece que siempre han estado allí, tan necesarias cosas. Tejer el abrigo y mantenerlo cálido. Remendar sus roturas. Proteger. 

Tratar de paliar las heridas.



He leído en días pasados Lo que olvidamos, de Paloma Díaz-Mas, breve y emocionante novela sobre la relación de una hija con su madre enferma de Alzheimer.

El libro empieza con la protagonista repartiendo besos a todas las compañeras de residencia de su madre, porque no se puede despedir de su madre y dejar allí a las otras mujeres sin su beso, que de distintas maneras le reclaman. Desmemoria y afecto.

Pero también todo el dolor, desconcierto y horror del proceso destructivo de la enfermedad en su madre. Ese ir viendo los estragos de la enfermedad en un ser muy querido, autónomo, independiente, esa transformación de la madre en un ser desconocido que te desconoce. Los astutos intentos, vistos posteriormente,  por parte de la enferma, de ocultación de los síntomas y despistes, descuidos, en las primeras fases de la enfermedad a familiares y entorno.


La decadencia en el vestir y cuidado personal y de la casa.

Tengo muy presente el sufrimiento de los familiares de los enfermos de alzheimer, y de otras enfermedades que producen efectos parecidos de deterioro físico y decadencia, en todos los sentidos, en un ser querido. El alzheimer trae además el doloroso olvido. 
 
Siempre pienso en el dolor de los enfermos en las primeras fases de su proceso, cuando aún son conscientes de su pérdida de facultades, sus pérdidas por la ciudad, sus incapacidades crecientes para cocinar, vestirse. Por eso lloran desconsoladamente, sufren crisis de llanto y ansiedad. 
Por eso, una sonrisa de un enfermo, una risa, una palabra de repente pronunciada en medio de un tráfago de farfullas, un asombro por la visión de un arcoiris, un repentino canto, son tan emocionantes.



En la novela de Díaz-Mas está también el momento en que, una vez la madre está en una residencia, hay que deshacer la casa familiar, ya inútil por inhabitada, y revolver a través de los objetos que contiene, toda la memoria de los hijos, recordar, y recordar, volver a mirar y vivir el pasado, mientras la madre va olvidando y olvidando.

La protagonista en la nueva relación con su madre, quien a veces la presenta como su madre o parece confundirla consigo misma, la agarra las manos, las acaricia y entrelaza. Desea hacer una fotografía de sus manos entrelazadas, pero finalmente no se atreve en la residencia, temiendo ser reprendida por los cuidadores, celosos de la intimidad de los otros pacientes. Otro testimonio perdido, la foto no realizada, como todo lo que de la casa familiar se tiró a la basura.

Sin embargo, esa experiencia de entrelazar y acariciar las manos de la madre, no se olvida.. hasta que quien la vivió caiga también en el olvido o muera.

Nuestras hermosas vivencias que no nos pervivirán. Pero no importa: fueron nuestras, nuestra vida. 





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