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miércoles, 26 de enero de 2011

imagen, belleza, creadoras

Adrienne Rich y Mavis Gallant. Paris, julio de 2006

Adrienne Rich (Baltimore, 1929)       Mavis Gallant (Montreal, 1922)



  Ana Hatherly 
Fotografía tomada de la Biblioteca Nacional de Portugal

 (Lisboa, 1929)





Clarice Lispector

 (Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)



 Ana María Matute
Foto tomada de EFE, vía "La verdad de Murcia"



fotografía tomada de Kalipedia

Ana María Matute  (Barcelona, 1925)




 Louise Bourgueois
Fotografía de Robert Mapplethorpe


tomada de Islakokotero


 en The Guardian

Louise Bourgueois  (Paris, 1911- Nueva York, 2010)




 Gego, trabajando y fumando
tomada de Pauliver


 Gego, por Ricardo Armas
Tomada de aquí

Gego (Gertrud Goldschmidt): Hamburgo, 1912 – Caracas 1994

Es un extraño título el de este post, poco exacto:

Es un comentario subjetivo y algo amplio al post de Isabel Bono "Hablando de cuerpos", publicado en el blog "Poetas en la red", y a  los comentarios que sobre él se han ido haciendo.

El texto parte de un "además de escribir hay que saber venderse" expresado por otra poeta, Yolanda Castaño, y entiendo que se refiere a saber sacar partido de la imagen personal del autor,  es decir, apelando a su capacidad de seducción a través de la imagen externa, y en un mundo en el que se repite machaconamente que "todo es imagen".

Pienso que este amor a LA IMAGEN -la imagen que de nosotros tratamos dar a través de nuestro físico, actitudes y poses, y otros elementos externos a la piel (ropa, maquillaje, peinado, compelentos)- coincide en muchas personas que lo practican con un narcisismo que les impide AMAR LAS IMÁGENES.

En el mundo de la plástica, en el de la música,  en el del cine, el  creador  o intérprete siempre tiene que "ser diferente", construirse una imagen externa. Esa necesidad de llamar la atención por la imagen, de construirse una identidad "distinta" a la de los seres vulgares, se ha extendido a buena parte de los círculos que rodean a los creadores e intérpretes-. Y parece que quiere contagiarse al mundo literario... PARA VENDER

Y veo, finalmente,  que  estas personas AMAN SU IMAGEN, pero NO AMAN REALMENTE LAS IMÁGENES.

Disiento de todo esto: afirmo que lo que realmente vale de una obra es la obra en sí, y no la firma, ni la persona que la hizo, y muchísimo menos su imagen, en especial cuando es tan impostada,

y traigo aquí todas estas imágenes de excelentes creadoras literarias y plásticas, la mayoría en su vejez:


¡Pero qué dos estupendas viejecitas!: con sus pechos caídos -y a ellas qué les importa- pero tan guapas, tan peinadas, arregladas, conjuntadas en sus ropas y complementos, con las gafas quitadas que estoy más guapa, tan coquetas. Y mira esa mano de Adrienne, ganchuda, delgada, con manchas, agarrando tan suavemente la muñeca de Mavis. Sonrientes, vitales, contentas a sus 77 y 84 años.


Qué decir de Ana Hatherly, quizá con setenta o setenta y tantos años en el tiempo de esa fotografía. ¿Qué me dice su retrato?: una mirada inteligente que mira compasiva e irónica hacia afuera, a nosotros, pero también se abisma en su interior. Un esbozo de sonrisa, una especie de luminosidad en su rostro decidido, con su pelo corto, teñido y desflecado. Fue ella quien dijo:


El artista, el poeta, el escritor, los que preguntan: todos son cazadores de simulacros, incansables calculadores de improbabilidades. Palomas o buitres, frágiles canarios o mirlos ocultos, raspan, rasgan, rompen, siempre royendo sus propias garras. Lo invisible que hay en ellos emerge entonces.

El hermoso, exótico, hermético rostro de Clarice, siempre perfectamente pintada, con un maquillaje que acentúa su dureza: unos ojos abismados, que parece que no nos ven o nos miran desde un infinito interior, muy lejano. Siempre con las uñas pintadas, un collar, un estupendo peinado de señora. 

En esta foto de perfil, veo amargura o dolor, y mucha soledad. Y belleza.
Intuyo dientes apretados tras sus hermosos labios.
Una mujer seductora, sí, pero que impone.



¿Y nuestra anciana Ana María Matute? nuesta encantadora abuela traviesa,  siempre arreglada, con sus bolsas en los ojos y su expresividad: abrazándose a sí misma, mostrándonos las arrugas de sus labios. O riendo, apoyada descuidadamente con sus manos tan grandes y sarmentosas.
Dulce e irónica, fue ella quien hace muy poco dijo:
Este gesto de Louise posando ante la cámara de Mapplethorpe,  lo dice todo de ella: sentido del humor, autoparodia, inteligencia, ironía y sutileza.
Posar no es lo mismo para todos, obviamente. Esta señora tan vieja, una gran artista, cada vez más arrugada y flaca y con cara de pajarillo, pero con la melena suelta, sus pendientes, su boina, su gesto pícaro o pensativo.


 

Años antes Gego construyó sus gráciles esculturas de varillas  concentrada con la colilla en la boca y el pañuelo en la cabeza: ella trabaja: Su aspecto físico no es importante. No posa: piensa  .. y fuma y crea.

Ellas, posando o no, además de regalarnos sus magníficas obras, me muestran una belleza que no está a la venta ni pretende seducir para vender. Posiblemente la belleza de vidas  lo bastante plenas, dedicadas a la creación para los demás y satisfactoria para ellas.

Esa es la belleza que aprecio: lo demás son
muñecos y simulacros
imitaciones de imágenes hipercodificadas
vacíos


Por último, decir que me gustó la poesía de Yolanda Castaño.

Buenas tardes

domingo, 13 de junio de 2010

Luminosas mujeres de ojos rojos o no



Pienso en Adrienne Rich, cuyos Poemas (1963-2000) traducidos por María Soledad Sánchez Gómez encontré hoy en mi librería de cabecera cuando buscaba el Alfabeto de cicatrices de Ana Pérez Cañamares, que no estaba, y cuyo blog, El alma disponible, se abre con 5 magníficos versos de Rich:


Vine a explorar el naufragio.
Las palabras son propósitos.
Las palabras son mapas.
Vine a verificar el daño
y a ver los tesoros que permanecen


Pienso también cómo, mientras buceaba en las estanterías, Amparo, la encantadora y cultísima librera me ofreció una cerveza, y me habló de Rich y me preguntó y le comenté sobre el libro Adrienne Rich (1929- ) de M. Soledad Sánchez Gómez, donde expone toda la evolución poética y vital de Adrienne. Y en cómo Amparo, que le dejaba a mi madre a escondidas El libro rojo de Mao en los comienzos de los años 70, ella, librera, feminista, encarcelada, una mujer de gusto exquisito, fue a buscar en las estanerías la Biblioteca de mujeres de Ediciones del Orto y yo le cogí el libro de Marisol, porque con la letra tan pequeña no veía bien los títulos en los lomos de los libros, y Amparo se lo llevó para leerlo ella también.



Me pregunto si Ana Hatherly, que nació en Oporto el mismo año que Adrienne y sigue escribiendo sus muy hermosas 463 Tisanas, un work in progress que quiere cerrar cuando alcance las 500, y sigue vital, curiosa, lúcida, bromista, encantadora, me pregunto si Ana tuvo dificultades para publicar, exponer, mostrar su muy vanguardista y amplia obra, como su acción "Rotura" (1979):




o su película "Revolução", de 1975





Y pienso que cuando Amparo le dejaba a mi madre libros prohibidos en la dictadura, cuando detenían aquí, en mi ciudad, a estudiantes, trabajadores, libreras..., por ser maoistas, comunistas, rojos en definitiva, pienso que allá en Portugal ellos también tenían su dictadura, y las películas que hacía Ana Hatherly entonces, y sus poemas visuales manuscritos, hoy agotados. 

Y pienso en toda su obra plástica y poética inédita, desconocida en España, pese a la edición bilingüe de Fibrilações.



Pienso en Louise Bourgeois que se fue, como tan sencillamente dijo Sara Herrera Peralta en su blog, con los poemas de Shock, su próximo libro, y el dibujo de la mujer casa de Bourgeois, y a la vez en las arañas que le dedicó Ana Gorría en su cámara de niebla.




Pienso en las Mujeres de ojos rojos. Del arte feminista al arte femenino, de Susana Carro Fernández, donde junto al dibujo de Louise de la mujer casa, habla de las dificultades de tantas mujeres creadoras para tener una habitación propia, un espacio propio donde poder trabajar, un estudio refugio donde esconderse y desarrollarse alejada de tareas domésticas, del continuo cuidado de niños a la espera de la vuelta a casa del guerrero.

Y "cómo muchas mujeres convirten sus desventajas en elementos creativos", y cómo Miriam Schapiro en 1972, en la Conferencia de mujeres artistas de la Costa Oeste, "animaba a las artistas a salir de nuestros talleres-comedores,  de nuestros estudios-mesa de cocina".

(También en Trea se ha reeditado el magnífico ensayo de María Bolaños, Pasajes de la melancolía. Arte y bilis negra a comienzos del siglo XX, de 1996).



Y pienso en qué diferentes condiciones han tenido las mujeres para hacerse valer como creadoras en diferentes países y medios, incluso en los mismos años. 


Y me resulta evidente que la luminosidad y humor que exhibe la obra de Ana Hatherly nada tiene que ver con el dramatismo de la obra de Adrienne Rich ni de Louise Bourgeois.


Pero copio aquí esta cita del libro de Susana Carro:


Artista, dirá Deleuze, es quien, habiendo penetrado en la profundidad de la vida, y habiendo visto en ella algo demasiado intolerable, surge de ese oscuro abismo con los ojos rojos y, desde esa mirada, traslada a la materia, al pensamiento o al lenguaje sus visiones.

(Deleuze y Guattari: ¿Qué es la filosofía?, 1995)