Es grato pasear por el rastrojo a la hora de poniente, con la luz tan tendida reververando entre los restos rubios tan hirientes y la polvorosa tierra gris calcárea.
Intentar seguir los caminos surcados escuchando cómo se troncha bajo los pies el rastrojo
y pararse a contemplar las extrañas plantas, las malas hierbas que crecen en sus márgenes
las plantas de los baldíos, de las tierras de nadie o de no se sabe quién.
Plantas y tierras mostrencas,
nubes de vilanos atrapados entre espinos
y otros extraños seres cultivados,
protegidos, cubiertos al abrigo de amenazas, formando un mar tan quieto
velados, a la luz que se va yendo






